El Endeudamiento como Batalla Espiritual




No se preocupe, ocúpese. Que fácil es decirlo, que fácil es entenderlo, que difícil es vivirlo.


El Dinero se constituye en un factor de estrés. Las obligaciones, los compromisos que he celebrado desde el ego, me atan, y soltarme de ellos es muy difícil, ya que me he comprometido, mi ego se ha comprometido y “no puedo quedar mal”.


Hay unas consecuencias éticas, morales y económicas, que asegurarán que yo haga todo lo posible por defender mi ego y cumpla con lo que me he comprometido. Es un círculo vicioso complicado, es una batalla en sí misma. Dormido, inconsciente, zombie, guiado, manipulado por una sociedad decadente y por mis fuertes introyectos, he buscado “asumir” unos compromisos que me han permitido satisfacer las necesidades egoicas. Una vez las he satisfecho, el deseo pasa, se extingue, y queda la resaca, el “guayabo” emocional y financiero, la deuda se posa sobre mi cabeza como la espada de Damocles.


Pero, ¿Cómo se dio esta situación de endeudamiento?


La batalla de mi alma orgullosa, soberbia. La batalla con Lucifer mismo, donde mi esencia se enfrenta con el orgullo y con la soberbia de mil claras maneras, la búsqueda del éxito, del reconocimiento, la ambición inconsciente que me ha llevado dormido a caer en la trampa financiera del endeudamiento, enceguecido por las luces de neón de esa idea de felicidad y de éxito que compré, cedí y caí en la tentación del logro antes del merecimiento, de la deuda como camino de construcción de un sentido de vida, como atajo, seducido por las musas del inmediatismo, de la omnipotencia por las voces aduladoras que reconfortan mi pobre autoestima he caído en la trampa de la deuda, y esta se ha convertido en un camino por sí mismo, una batalla espiritual muy fuerte para mi ego.


¿Cómo mas hubiese podido ver mi inmensa soberbia? ¿Cómo podría ver a Lucifer a los ojos?. Yo tan bueno, tan capaz. Alejandro, hijo de Zeus, adulado por su inconsolable madre Olimpia, y convencido de su propia omnipotencia. Pobre Yo, me lo creí y así busque conquistar el mundo con ejércitos prestados, con mercenarios sin corazón, con deudas financieras con deudas morales, con promesas y oropeles, construí mi débil imperio.


Lo hice. Me supe emperador, cené con Lucifer, quien en la mesa de mi falso palacio soltó una carcajada “¡JA! ¡Te tengo Emperadorcito!”.


Tiembla la torre, suenan las trompetas bélicas: !Mi enemigo por fín se ha revelado! Empieza la verdadera batalla, empieza la batalla entre el ego y la esencia, empieza si, busco de verdad el camino espiritual. Cae la torre, débil torre de cartas de papel, de un soplo se desbarata, queda atolondrado el agrandado guerrero, es el emperador ahora se sabe soldado de a pie, con la experiencia de sus errores, ahora no tiene imperio afuera, ahora busca su imperio adentro, su imperio interior que no es de este mundo. Empieza la mas dura batalla contra el soberbio Lucifer, ese sobredimensionado ego que parece no ser capaz de decirse a sí mismo: “Lo siento”, que parece no tener la fuerza necesaria para decirse: Te amo, te perdono, te acompaño. Ese orgullo imbécil que no se lo permite, no se permite decirse a sí mismo las palabras que necesita oír para sanar su corazón y poder tomar el respiro que tanto necesita para entrar con decisión al centro de la batalla.


He entendido que necesito perdonarme, que ahí hay un gesto de humildad: Me equivoque, estaba ciego pero ahora puedo ver. ¡Milagro! Dios ha hecho un milagro en mi, me ha dado la vista ¡Puedo ver! puedo ver a Lucifer, puedo ver mi corazón roto.


He caído nuevamente en la estrategia de Lucifer: La soberbia del Juicio.


¿Cómo caí en esa trampa? ¡Que imbécil fui! Y empieza la segunda fase de la estrategia concebida en el averno: El reproche, el juicio, el odio hacia mi mismo, la mas profunda retroflexión, en dónde “ no me puedo perdonar” en donde me hago daño, en donde la soberbia me desnuda y se ríe de mí, y caigo lentamente en los abismos de la depresión del desempoderamiento, en el oscuro vacío de mi propia incompetencia, de mis mas profundas vergüenzas, de mi verdad. No soy lo que creí ser, no soy ese emperador adulado por perdidas almas rapaces, que ensalzaban mi ego para su propio beneficio. Despechado traicionado usado, habiendo sido el tonto del paseo, el idiota útil, el emperadorcillo ensalzado, hoy después de haber sido usado y de haber perdido toda utilidad, ese séquito de aduladores se da la vuelta y cae mi castillo, y que quede lo que tenga que quedar. Caigo en la vergüenza de mi verdad y despiadadamente, siguiendo el plan diabólico, estructurado por el jefe de mis demonios internos: Mi propio ego, caigo en depresión, en un agresivo diálogo interior en donde soy menos que una mierda, donde debo hasta el aire que respiro, en dónde soy un ciudadano de cuarta categoría, caído en la casta de los intocables, con una marca de deuda en mi frente, que me impide ir a la vida, que me impide tomar mi camino, que me cuestiona incluso si hay un camino para mi. Mejor la muerte. Ha triunfado Lucifer…


¿O no?


Averiguar con la curiosidad de un niño, de un científico apasionado, las razones que me llevaron a este estado financiero, es el primer trabajo. Observar que emociones, que creencias y que deseos fueron los que me llevaron a esta situación de endeudamiento. Tal vez sea mas compasivo conmigo mismo, y mas constructivo el análisis de mi situación actual. Mirar primero las causas del endeudamiento puede generar una dinámica de culpa, dolor y arrepentimiento inútil. Mejor entonces empezar por el aquí y el ahora. ¡Yo no soy mis deudas!, mis deudas no me definen como persona, como ser humano, como hijo de Dios. ¡He caído en la trampa! soy víctima de una estrategia que ha buscado mi propio ego, y ahora me obliga a recorrer un camino espiritual de sanación y de empoderamiento.


Es aquí dónde empieza la verdadera batalla, en donde la trama se empieza a desenvolver, en esta humilde obra que quiero dejar como testimonio de vida, en donde puedo ver de que estoy hecho realmente, en dónde finalmente encuentro el poder del amor, el poder del perdón , en donde entra la luz tenuemente puedo ver, que todo lo que pasó, pasó para traerme a este lugar, este lugar en dónde se aclarara mi camino , en donde puedo ver mis demonios. ¿Cómo iba a poder conquistarlos, si ni siquiera era consciente de su existencia? “Todo estaba bien”, según los parámetros de la neurótica sociedad que me tocó como telón de fondo, pero claro no podía ver mi soberbia, no podía ver mi ambición, no podía ver mi falta de amor propio, mi baja autoestima, no podía ver, porque el exterior mostraba un reino de papel, que con las luces de neón del consumismo, daba fe de mi “éxito” y no me permitía contactar con mi propio dolor, no podía permitirme sentir. Condenado a una agresiva insensibilidad, caminaba orgulloso con mis triunfos de cartón.


En el mas oscuro pozo, desnudo derrotado y casi desahuciado, sentí la presencia de Dios, tendió su mano y acarició mi mejilla: “¡Ámate, perdónate, valora tu camino, ahí reside el verdadero poder del guerrero, conócete, reconócete, y ahora si desenvaina tu espada ve y lánzate con decisión al centro de la batalla, presente, consciente y responsable, manteniendo un corazón humilde y sabiendo que está inundado de amor. No hay espacio para el odio ni para la culpa, no hay espacio para el reproche ni la queja, solo amor. Lánzate al centro de la batalla soldado emperador y construye tu reino interior, el único reino que vale la pena construir, mi reino, tu reino, el reino que no es de este mundo y hacia el cual se debe dirigir la sana ambición, la ambición espiritual. Abre los ojos, pelea tu propia batalla, se testimonio y nada mas, el servicio reside en inspirar y acompañar, a nadie vas a cambiar a nadie puedes ayudar, Lucha tu batalla, mata tus propios dragones, se fiel a ti mismo, ámate!”


Gracias Dios mío, empiezo a ver.


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