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Dios o el dinero

  • Foto del escritor: Didio Pena Infante
    Didio Pena Infante
  • 8 may
  • 11 Min. de lectura

(Extracto)



¡Despierta! 


¡Estás dormido, pareces un zombie! 


¡Despierta! ¡Te lo ruego, por favor despierta!


¡No pienses más de la cuenta! Eso es malo, la mente te enreda, te llevará por laberintos de los que nunca podrás salir. 


¿Estás enloqueciendo?


¿Estoy soñando? ¿Es esto real?


Shhhhh, ¿Quién habla? ¿Soy yo?


Mejor no despiertes… sigue durmiendo…


Ese día, como todos los días, llegué a mi oficina a las siete de la mañana. Doscientos metros cuadrados en el undécimo piso de un moderno edificio al norte de Bogotá. Sobre la recepción, un aviso en letras metálicas decía: “Peña Infante Asesores. Profesionales en Gestión Patrimonial”. Habían pasado quince años desde aquella tarde cuándo, en la sala de mi casa, con un maletín de cuero barato lleno de formularios de afiliación a fondos de pensiones voluntarias, había empezado a construir el sueño. Un sueño de que esa misma frase terminara, algún día, no solo detrás de una recepción, sino en el techo de un edificio del centro financiero. Lo tenía claro. Ese era mi objetivo.


Pero algo pasó esa mañana. Una contradicción extraña.


El sol resplandecía hermoso. En Bogotá, algunas mañanas se despeja el cielo y aparece un azul aguamarina infinito, como si el mar de las islas griegas se hubiera instalado sobre nuestras cabezas. A esa hora, en el altiplano colombiano, el aire se siente frío, pero no tanto como para no soportarlo: es un frío que llena de energía el cuerpo, un aire delgado que, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, parece más una inhalación de helio que te levanta un poco del piso. Un rayo poderoso, recién salido del cerro oriental, atravesaba la persiana y resplandecía justo sobre esas letras metálicas detrás de la recepción.


Sentí algo especial. Una suerte de orgullo. Podía ver mi camino durante aquellos quince años.


Pero fue raro. Ese sentimiento, que empezó como orgullo, se fue desvaneciendo, y en su lugar apareció un vacío que no comprendía. Todo iba bien. Tenía socios trabajadores y buenas personas, buenos clientes, había forjado un nombre como asesor financiero, y el dinero entraba de manera abundante. Pero algo pasaba. Ese momento místico duró uno o dos minutos, máximo. Luego: vacío.


Volteé la cabeza y, en el reflejo del vidrio de la sala de juntas, me vi.


Vi a un hombre ejecutivo, al final de sus treintas, vestido de paño inglés, con un traje elaborado a la medida de su cuerpo robusto y poco ejercitado. Afeitada perfecta. Corbata italiana de diseñador. En la muñeca, el reloj suizo automático que siempre soñó. En la mano, un maletín de cuero comprado en una exclusiva boutique de Harrods, en Londres. Zapatos Ferragamo adquiridos en el duty free del aeropuerto de Madrid. Una imagen cuidadosamente construida, que costaba más de lo que había costado cuatro meses de arriendo de su primer apartamento de soltero.


Por primera vez lo vi como un ridículo disfraz.


Lo había “logrado”. Impersonaba la imagen que la sociedad interpreta como la de un ejecutivo “exitoso”, un asesor financiero “exitoso”, coherente con su propuesta de valor. O, por lo menos, eso fue lo que intencionalmente busco. ¿Si su imagen no reflejaba dinero, cómo iba a hablar de él? ¿Cómo se suponía que podría ayudar a alguien a manejarlo y a hacerlo crecer? 


En ese momento pude ver cómo había querido jugar estratégicamente el juego de una sociedad inconsciente, que basa sus juicios en las apariencias. Pero, sobre todo, pude ver con sorpresa que era yo quien estaba perdiendo ese juego. 


Que me estaba perdiendo de mí mismo.


¿Quién es ese?, me pregunté en silencio.


En ese mismo reflejo, y en los ojos de ese hombre, pude ver al niño que a los diecisiete años tomó la primera gran decisión de su vida: entrar a la facultad de finanzas, buscar dominar la convención humana más potente que conocía, aprender la dinámica del dinero en la sociedad, comprender sus principios, conseguirlo y hacerlo crecer para ponerlo al servicio de la sociedad. Inocentemente, eso creía.


Había estudiado desde los cuatro años con los jesuitas. En los últimos años del bachillerato, cuando uno debe decidir inexorablemente el destino que sigue, sentía en el corazón el llamado a ser sacerdote. No cualquier sacerdote: ¡Jesuita! Le atraía profundamente su forma de ser, su liderazgo, su fuerza, su entrega. Sus máximas, “A la Mayor Gloria de Dios”, “Ser más para servir mejor”, “En todo amar y servir”, “Contemplativos en la Acción”,  esas máximas hacían vibrar su alma.


Por otro lado, pensaba que tal vez se iba a perder mucho de este mundo. Las mujeres, claro: renunciar a ellas sin haber conocido el amor era un argumento fuerte que esgrimía su juventud hormonal. Pero pesaba más otro razonamiento, más ingenuo y más profundo: no sería mucho lo que podría aportar acompañando espiritualmente a la sociedad. Para eso ya estaban ellos: una inmensa Iglesia católica y muchas otras corrientes espirituales, monjes, servidores y servidoras.


En los ojos del asesor financiero pude ver al niño que creyó que el verdadero servicio al que estaba llamado consistía en hacer cosas materiales concretas: llevar escuelas a municipios pobres, crear acueductos, generar empleo. Pensó en la política, pero gracias a la firmeza de su padre pudo ver que era un camino muy complicado en esta sociedad. Finalmente concluyó que era haciendo dinero, mucho dinero, como podría servir mejor. A los diecisiete años, pareciera como si la tragicomedia humana le hubiera puesto a escoger entre Dios o el dinero.


Fue así como, a pesar de su habilidad apenas promedio con los números, tomó esa decisión: estudiaría finanzas. Un desafío directo a sus propias limitaciones. “Ser más para servir mejor”. Dominaría al dinero y sus potentes dinámicas.


Inexplicablemente y en esos eternos segundos pude ver también al joven de veintitrés años que, después de haberse recibido como Profesional en Finanzas de la mejor universidad del país, gracias al esfuerzo amoroso de sus padres y a la intervención divina de todos los santos a quienes les prendió velas cada semestre para no perder más de tres materias, que era el límite, según estatutos, antes de la expulsión,  había decidido finalmente ir a la vida con un disfraz de asesor financiero.


Ese joven profesional había comprado la idea de la “planeación financiera”, que hábilmente le presentó un gerente comercial de un fondo de pensiones. Creyó que ayudando a las familias a organizar su dinero y a planear sus finanzas encontraría el camino en el que podría servir de mejor manera y, de paso, hacerse él mismo una vida con las comisiones que generaba la venta de inversiones.


Pero, sobre todo, pudo ver cómo el mandato que había asumido como propio “En todo amar y servir”, y que había tratado de encarnar en una práctica de asesoría financiera, que sin saberlo lo llevaría al centro de la batalla pasional que desata el dinero. Y en ese momento pudo ver cómo la estaba perdiendo. Cómo el dinero conquistaba cada rincón de su pensamiento; cómo las charlas con sus clientes, con sus proveedores, con su familia, giraban en torno al dinero; cómo lo estaba poniendo en el centro de sus objetivos, de sus preocupaciones, de sus acciones, de su vida. El dinero se estaba convirtiendo en el sentido de su existencia. Pudo ver cómo, inocentemente, buscando servir, buscando dominar esta potente convención humana, era ella la que lo estaba dominando a él, y cómo estaba perdiendo lentamente su alma.


En esa mañana fría de Bogotá, lo que experimenté en pocos minutos, viéndome reflejado, era algo parecido a lo que describen quienes sobreviven a una situación de alto riesgo: cómo la vida entera pasa frente a los ojos en unos segundos.


Ese reflejo era yo. Pero también, de una manera confusa, ese no era yo.


Algo en mí pudo ver que me estaba perdiendo entre los oropeles y las musas que traía el disfraz: los cócteles de la industria, las ceremonias de premiación a la producción en ventas, las convenciones en la Costa Azul y las abultadas comisiones. Vi que había un disfraz que se estaba fundiendo con mi propia esencia. Lo necesitaba para presentarme al mundo, sí, pero era eso: un disfraz. Nada más.



A los treinta y siete años había logrado lo que me había propuesto. Pero el sentido de eso que me había propuesto parecía, de alguna manera, haberse tergiversado en el camino.



GOLPE DE REALIDAD


En el lapso de un año y medio, todo cambió. La cotización del peso frente al dólar se apreció hasta doblar su valor. Los clientes empezaron a incumplir compromisos. Los flujos de ingresos de la compañía se apretaron. Los proveedores empezaron a exigir la devolución de comisiones que se habían adelantado. Los gastos fijos de la operación presionaban mes tras mes.


La estocada final la dio la intervención, por parte de las autoridades, de una compañía de créditos de libranza con la que veníamos trabajando desde hacía años. Había pasado con honores todas las auditorías hechas por los entes reguladores hasta la fecha. De un día para otro pasó de ser una institución admirada en el sistema financiero a ser intervenida para liquidación, llevándose el ahorro de muchos de nuestros clientes y nuestra propia liquidez personal.


Por más planeación financiera que hubiéramos hecho, por más auditorías a nuestros proveedores, por más educación financiera y charlas sobre ética y moral, a nuestra fuerza de asesores, por más diversificación del portafolio de nuestros clientes y del nuestro propio, por más estudios de riesgo de un backoffice egresado de las mejores universidades del país, nada evitó lo que vino después: la pérdida de un patrimonio importante de nuestros clientes, la liquidez de la compañía, la nuestra, y la creación de grandes pasivos con proveedores y empleados.


Como representante legal de la firma de asesoría financiera, y responsable por toda la actuación de más de diez asesores que se movían bajo sus propios intereses y escalas de valores, cobijados por la sombrilla y la responsabilidad jurídica de Peña Infante Asesores S. A. S., ahogado por los cuestionamientos de empleados, clientes, proveedores y socios, y con mis propios demonios hablándome al oído y mirando el horizonte desde el balcón del undécimo piso, en mi oficina de la calle 127, entendí cómo podía ser posible, e incluso aceptable, que algunas almas llegaran a tomar la decisión de saltar al vacío, y acabar de una vez con el estrés, la ansiedad y la desolación que seguramente yo compartía con ellas en ese momento.


Pero Dios no me abandonó. Sentí sus palabras con fuerza: “No te enfrentarías a estos problemas si no tuvieses la capacidad de solucionarlos”.


La tormenta poco a poco fue pasando, como todo termina pasando en la vida. Los siguientes años los dediqué a liquidar gran parte de ese patrimonio que había construido y pagar obligaciones, renegociar otras con condiciones mas favorables, y con la ayuda de mis padres y algunos buenos amigos que siempre han estado ahí pude dar cara y poner el pecho a los desafíos de esos días. 


Pisé fuerte en la tierra y decidí cambiar el rumbo de mi vida. Nadie lo entendió. Mis socios no comprendían cómo quería abandonar un negocio lucrativo. Mis padres veían cómo echaba por la borda el esfuerzo de casi veinte años de trabajo. Mi esposa, en silencio, soportaba lo que interpretaba como una crisis de mediana edad llamando a la puerta.


Yo no pensaba. Sentía, actuaba.


No sabía qué iba a hacer. No sabía qué seguiría en mi vida ni cómo ganaría el sustento. Pero tenía claro que el cuento de asesor financiero tenía que terminar. Era imposible dominar la incertidumbre. Era imposible dominar la ambición humana. No tenía la capacidad de responderle a nadie por el futuro de sus decisiones. No tenía la capacidad de calmar los demonios del miedo y de la ambición que despiertan los movimientos de subida y de bajada que dibujan, en una escueta gráfica, las sensibilidades financieras de la cotización de un precio. Ni mucho menos tenía por qué asumir la responsabilidad por decisiones de riesgo tomadas sobre capitales ajenos.


En los años que siguieron comencé una empresa de motociclismo de aventura, compré una comercializadora y un bar para la venta de cerveza artesanal, y empecé un proyecto de reforestación comercial en las inhóspitas planicies de la Orinoquía colombiana, para la venta de créditos de carbono. 



La vida todavía tenía algunas lecciones por enseñarme. 


La primera nunca despegó, la segunda quebró en pandemia y la tercera, a pesar de las dantescas dificultades a las que me enfrenté, se mantiene hoy, aunque ya no con la ambición con que un día la creé. La consciencia de la impermanencia llegó como un aprendizaje duro. 


“RECALCULANDO…”


En el 2017, mientras buscaba encontrar alguna estabilidad económica con esos emprendimientos, empezó lentamente, un cuestionamiento profundo de todo aquello en lo que había creído hasta ese momento. Empecé a cuestionar incluso a ese mismo Dios que me salvó. 


¿Cuál es el sentido de la existencia si no es hacer mucho dinero y tener éxito en lo que se haga? ¿Para que empezar el duro camino de un ambicioso emprendimiento? ¿De que sirve aprender de finanzas y negocios? ¿Qué sentido tiene perseguir, soberbiamente, conocimiento técnico con la intención de aumentar un saldo bancario? ¿Es posible, solo con conocimiento académico, controlar la incertidumbre a la que, vulnerables, estamos inevitablemente expuestos? ¿Qué hay detrás de la necesidad de controlarlo todo? ¿Es posible controlarlo todo? ¿Puede el dinero realmente calmar nuestra angustia existencial, nuestro sufrimiento humano?


Fue así que empezó mi viaje de autoconocimiento. Empecé a buscar más allá del disfraz. Finalmente, de manera lenta y sin darme casi cuenta, mi motivación iba cambiando. Mi ambición también. Hoy, escribiendo estas líneas, retumban en mí las palabras de un hermoso maestro a quién he decidido seguir lo que me quede de vida: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?”.


Habiendo estudiado todo lo posible en el campo de las finanzas corporativas y bursátiles, decidí complementar con algo más humano, menos “científico”. Empecé a estudiar más a fondo economía conductual, leí nuevas teorías, como las neurofinanzas, y, sin pensarlo, me fui interesando cada vez más por la psicología y la filosofía. Ese viaje me abrió un cuestionamiento existencial que ya no se cerró: una indagación espiritual que me enfrentó a mis propios temores. Las nuevas generaciones de libros de finanzas me fueron sabiendo a poco, las repisas de mi biblioteca empezó a desplazar los libros de negocios e inversiones, por los de humanidades.


Aparecieron intereses más profundos: Cómo pesan las emociones en la toma de decisiones financieras; cómo la incertidumbre nos domina sin que lo notemos; cómo el miedo y la ambición sesgan nuestra racionalidad y nos empujan a decidir al ritmo de las explosiones emocionales que desatan las experiencias financieras. Ya no podía seguir hablando de finanzas sin hablar de emociones.


Hablé con terapeutas, psicólogos, psiquiatras, sacerdotes, chamanes y curanderos, y los escuché con la misma seriedad con la que antes escuchaba a expertos en economía. Entendí que había una riqueza más grande que todo el oro del mundo, una riqueza que ninguna cantidad de dinero podría comprar. Entendí que había un reino más grande que el que Alejandro Magno pudo conquistar. Entendí que ese reino, como lo predicó Jesús, estaba dentro de mí.


Mi ambición, como lo dije anteriormente, cambió.


Ya no quería dinero. Quería llegar a ese lugar.


Durante los siguientes diez años me dediqué a buscar. Me adentré en la psicología transpersonal, me formé en terapia Gestalt, bioenergética, constelaciones familiares, terapia con psicodélicos, Teohumanismo, misticismo crisitano y hasta prácticas ancestrales. Lejos estaba todavía de entender que el viaje hacia arriba, inevitablemente empezaba hacia abajo: hacia lo más profundo de todo aquello que llevaba evadiendo toda mi vida.



Para mí, el viaje del dinero ha sido un viaje desde lo material, pasando por lo emocional, hasta lo espiritual, para volver inevitablemente a experimentar la materia desde otro lugar.


Hoy creo que no hay, para nosotros, nada más espiritual que la misma experiencia terrenal. La espiritualidad consiste en vivir conscientemente el momento presente. Y, desde ese lugar, también vivir conscientemente nuestro relacionamiento con lo material: su naturaleza de medio y no de fin; el dinero como instrumento al servicio de algo mayor.

Hoy a mis 49 años, recorriendo el último año que me queda de la primera mitad de la vida que espero vivir, me sorprende la profunda transformación que ha tenido mi relación con el dinero y con mi propio camino. No solo se transformó mi manera de comprender esta convención: se transformó mi manera de verme a mí mismo en esta la vida.



 
 
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